viernes, 24 de junio de 2016

“Deseos humanos” o el dinosaurio genial.


Porque así, "dinosaurio del cine", se autodefinió Fritz Lang, director de "Deseos humanos", en una larga entrevista que mantuvo con Jean-Luc Godard, en 1964, para el programa de televisión “Cineastas de nuestro tiempo” y que se tituló precisamente “El dinosaurio y él bebe” (Godard, 40 años más joven que Lang, que tenía entonces 74, era el bebé)

Durante la entrevista, Lang y Godard, unidos por la mutua admiración (Lang incluso realizó un cameo en "El desprecio" de Godard), comentan sus particulares concepciones del cine. En un momento de la conversación, el austriaco explica sobre un papel como concibe una escena, como pretende controlar todos los aspectos del rodaje, sin dejar margen alguno para la improvisación (al contrario que Godard). Por ello le gustaba rodar en estudios, no en exteriores, y repetir las tomas cuantas veces creyera oportuno.

En realidad Fritz Lang fue perfeccionista y exigente hasta la obsesión, lo que causaba grandes problemas en los rodajes. El productor Walter Wanger dijo sobre Lang: "El tiempo que se tomaba y los problemas que creaba superaban todo lo imaginable”. Por su parte, Spencer Tracy se enfrentó duramente al director, durante el rodaje de “Furia”, porque Lang se oponía que el equipo parase incluso para comer.

Pero gracias a ello sus películas transmiten una innegable sensación de perfección; nada en ellas es superfluo, nada en ellas es gratuito. Lang pretendía con sus obras entretener al espectador, pero también hacerlo pensar y, con su precisión de reloj suizo bien engrasado, sus películas consiguen ambos objetivos.

Una de esas obras de factura perfecta es “Deseos humanos” (1954), que al igual que "Perversidad" (1945) es un remake de una película de Jean Renoir. Se basa, como la francesa,  en una novela de Émile Zola “La bestia humana” (1890), la decimoséptima de la serie de veinte con la que Zola, bajo el título genérico de "Les Rougon-Macquart", retrató cinco generaciones de la sociedad francesa.


Zola y Lang, dos genios, cada uno en su género, tuvieron en común el  empeño por retratar minuciosamente  la condición humana. Pero con diferencias sustanciales entre ellos. Zola incidía en la bestialidad de la condición humana. A Lang le interesaba esencialmente la fragilidad de esa condición: una mala decisión, un encuentro infortunado, pueden destruir en segundos lo que somos o lo que creíamos ser. Esta es una constante en la obra de Lang que se observa en películas como “La mujer del cuadro”, “Perversión” o la misma "Deseos humanos"

Lang, formado como arquitecto y pintor, se había consagrado ya como director en la Alemania de los años 20  e iniciado la década de los treinta con la estremecedora “M, el vampiro de Düsseldorf”, su primera película sonora. Pero el 30 de enero de 1933 Hitler fue nombrado Canciller de Alemania y esto tuvo consecuencias contradictorias para Lang; por una parte los nazis prohibieron su película “El testamento del Dr. Mabuse” y por otra Joseph Goebbels, el ministro nazi de Propaganda, le ofreció a Lang la dirección de la UFA, la todopoderosa compañía de producción cinematográfica estatal.

Lang dio una versión, probablemente mitificada, de su entrevista con Goebbels, según la cual habría rechazado el cargo alegando que su madre era judía, a lo que el nazi le habría contestado: "Nosotros decidimos quién es ario y quién no". Según Lang, esa misma noche habría huido a Francia.

La realidad es que Lang no era un opositor tan significado al régimen nazi como luego manifestó y que no huyó de Alemania la misma noche de la entrevista con Goebbels, sino tres meses más tarde,  impulsado, además de por las justas prevenciones que los nazis le causaban, por el deseo de probar fortuna en Hollywood.

Tras un año en Paris, se marchó a Estados Unidos, donde inicio una nueva etapa en su carrera, en la que logró conjugar sus raíces expresionistas alemanas con el realismo clásico norteamericano (camino que ya había iniciado en M) en una serie de títulos entre los que destacan varios del género negro.


"Deseos humanos" es una de las grandes películas con las que culminó Lang su etapa estadounidense. Como pareja protagonista eligió a Glenn Ford y Gloria Grahame, igual que en "Los sobornados", rodada un año antes (como ya había hecho en "Perversidad", donde repitió el trio protagonista de "La mujer del cuadro"). Inicialmente se había pensado en Rita Hayworth como protagonista femenina, pero finalmente la Columbia optó por Gloria Grahame deseosa de aprovechar el tirón que habían demostrado Ford y Grahame en ”Los sobornados”.

Glenn Ford, en el cénit de su carrera, logró una gran interpretación como Jeff Warren, el hombre sencillo que, tras tres años sirviendo en la Guerra de Corea, regresa para reincorporarse a su trabajo como maquinista de ferrocarril con la única aspiración de "trabajar un poco, ir a pescar y, de vez en cuando, salir una noche al cine"; un sencillo plan de vida que se frustrará al enamorarse de Vicki, la mujer del brutal Buckley, un compañero de trabajo en los ferrocarriles.

El personaje de Jeff Warren es el vehículo perfecto para que Lang exprese su idea sobre la condición humana, sujeta a fuerzas y tensiones incontrolables que pueden arrastrar a los seres humanos a los más oscuros abismos. Esas fuerzas son las que median entre las imágenes iniciales de Warren, con la cara radiante al volver a encontrase al frente de una locomotora, y el rostro sombrío que muestra tras haberse embarcado en una sórdida relación adúltera tras un encuentro casual con Vicki.

Gloria Grahame está también magnífica en su papel de mujer fatal, víctima y verdugo, no movida por la codicia o la ambición, sino por el desesperado deseo de encontrar un “buen hombre”. La encarnación de este personaje, turbio en su desamparo, fue una de las últimas grandes actuaciones de la Grahame que, por un divorcio también bastante sórdido del director Nicholas Rey unido a ciertos problemas físicos, pronto se vio relegada a papeles televisivos hasta su temprana muerte a los 58 años.


Pero quizás la actuación más resaltable en esta película sea la de Frederick Crawford, el tercer vértice del triángulo amoroso, el marido de Vicki. Crawford, en el momento del rodaje de “Deseos humanos”, ya había   conseguido un Óscar protagonizando “El político” (1949), de Robert Rossen, y triunfado con la estupenda comedia “Nacida Ayer”, de George Cukor (1950). En “Deseos humanos” su interpretación es memorable; consigue con su rostro pétreo transmitir todas las emociones de un ser humano degrado por los celos enloquecidos, el amor desesperado y el asesinato.

Y, como telón de fondo, un elemento omnipresente en la película: el tren. El tren como escenario de encuentros y asesinatos (por esto último ninguna de las grandes compañías  de ferrocarriles permitió que se rodará en sus instalaciones), parado o en movimiento… Y también sus túneles y vías, como metáforas del oscuro destino que puede caer abruptamente sobre los seres humanos.


Magnífica película de luces y sombras, entendidas tanto en el aspecto moral como en el de la iluminación. Toda la acción transcurre bajo una luz sabiamente utilizada, como era lógico en un maestro formado en el cine expresionista alemán, que sabía utilizar perfectamente las luces y claroscuros a su conveniencia (por ejemplo, el rostro fuertemente iluminado de Vicki mientras le sugiere a su amante, en la sombra, que asesine a su marido).

La película de Lang, aunque se base en ellas, apenas mantiene similitudes con la película de Renoir y menos aún con la crudísima novela original que tiene una trama más compleja y unos personajes que, prácticamente todos, son "bestias humanas" a las que sólo  guían los deseos más abyectos. Lang, con la gran colaboración de Alfred Hayes como guionista, logró depurar la historia para hacerla aceptable a la censura estadounidense (al Código Hays) y conseguir que el espectador se pudiera identificar y conmover con los personajes, especialmente con el de Glenn Ford (tan lejos del personaje interpretado por Jean Gabin y del psicópata Jacques Lantier de Zola).

En definitiva, transcurridos más de cuarenta años de su muerte, Lang, el viejo dinosaurio, a través de sus grandes películas, sigue pisando con la inmensa fuerza a la que su genio le da derecho.

Yolanda Noir


viernes, 17 de junio de 2016

Un pez llamado Wanda

-Wanda, no tienes ni la menor idea de lo que significa ser inglés. Siempre tan correcto, siempre tan reprimido, temiendo constantemente decir alguna inconveniencia, como por ejemplo "¿Estás casado?" y que te digan "Mi mujer me ha abandonado hoy". O bien, "¿Tienes hijos?" y te contesten "Murieron abrasados el viernes".

"Un pez llamado Wanda" Charles Crichton
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Cuatro ladrones llevan a cabo un rápido atraco a una joyería de Londres, sin embargo cada uno tiene sus propios planes para el botín y empiezan a traicionarse mutuamente, acabando el líder de la banda en prisión. Él es el único que conoce el paradero de las joyas, de modo que para intentar averiguarlo, Wanda (la chica de la banda) seducirá a su abogado, mientras lidia con los celos y la estupidez de Otto, otro de los ladrones.

"Un pez llamado Wanda" es sin duda una de las películas con las que más me he reído en toda mi vida. Y no fui la única. Famosa es la historia de Ole Bentzen, un danés que murió en el cine mientras veía la película por un ataque de risa durante la escena de las patatas fritas (secuencia que fue censurada cuando emitieron la peli en la televisión estadounidense).

Escrita por John Cleese, podría pensarse que la cinta estaría plagada de ese humor delirante tan peculiar de Monty Phyton, pero lo cierto es que el actor supo adaptarse perfectamente a la historia, escribiendo una comedia de enredo inteligente y muy divertida, criticando y parodiando la cultura y sociedad inglesas.

El reparto además está perfecto. Cleese representa a la perfección los tópicos del inglés acomodado, Kevin Kline se convierte en el alma de la película y Jamie Lee Curtis demostró por primera vez sus cualidades para la comedia. Sin olvidar a Michael Palin, quien da vida a uno de los tartamudos más famosos de la historia del cine. De hecho tiempo después de estrenarse la peli un grupo de tartamudos se enfrentó a Palin, molestos por su papel en la película y el actor fundó el centro para la tartamudez infantil en Londres. Hay que tener en cuenta que el padre de Palin también era tartamudo, y el actor se inspiró en él para interpretar al personaje.

Como veis "Un pez llamado Wanda" está plagada de anécdotas y rarezas. Por ejemplo, fue la película que más ha tardado en alcanzar el número uno en la taquilla de los EEUU desde su estreno, pues estuvo casi tres meses escalando puestos, hasta que el boca a boca de un público encantado la llevó a la cima.

Otra curiosidad es el Oscar que se llevó Kevin Kline sin haber estado siquiera nominado a otros premios como los Globos de oro o los BAFTA. Y para rematar el anecdotario decir que Archie Leach, nombre de Cleese en el filme, era el nombre real de Cary Grant, quien nació a pocos kilómetros del pueblo natal de Cleese. El actor dijo que había bautizado así al personaje porque era lo más cerca que iba a estar de ser Cary Grant.

En definitiva una de esas comedias que hay que ver, con una historia entretenida, personajes divertidos y momentos realmente memorables.



Doctora

viernes, 10 de junio de 2016

Cine político de los 80. El caso Almería (1983)

El cine  político en España siempre ha sido incómodo. La sombra de la censura dictatorial se ha alargado a lo largo de toda la transición y las películas sobre ello, aunque contaran hechos probados acaecidos con mucha anterioridad han sufrido maltrato institucional, como prohibiciones de su exhibición o boicots de fulanos organizandos anónimos.

Peli en cuestión

Es el caso, por ejemplo, de "el crimen de Cuenca" de Pilar Miró, estrenada en 1979, secuestrada por el gobierno de Suárez, que la puso a disposición de los militares. Hasta Miró sufrió consejo de guerra por poner en la picota a la guardia civil y sus torturas. Al final, la peli se exhibió dos años después.

Secuestrada

Eso, quizá, porque narraba un hecho acontecido en los años 20 del siglo homónimo. El cine político en España lo hacían italianos, como Gillo Pontecorvo, que rodó, también, en 1979, "Operación ogro", basado en el interesante libro de Eva Forest que narra el atentado contra el almirante Carrero Blanco. Esta peli, en España, fue tabú, y costó que se exhibiera. Hace unos pocos años, estando programada para su pasada en la televisión pública, fue cambiada, a última hora, por presiones. Tardó mucho en que nos la echaran en La 2.

Escamoteada de la tele hasta hace nada

Quizá la peli de Imanol Uribe titulada "la fuga de Segovia" tuvo algo de suerte porque, a pesar de ser de la época, también rodada en 1981, contaba la fuga de una prisión franquista de un montón de presos políticos, fundamentalmente de ETA, pero aún así, este tipo de películas eran muy cuestionadas en la época.



También lo tuvo difícil "el caso Almería", una película de 1983 rodada tan solo dos años después de que unos guardias civiles confundieran, torturaran y asesinaran a tres jóvenes que iban a una comunión a la provincia andaluza mencionada creyéndolos un comando de ETA que acababa de asesinar a un militar en Madrid.

Tres jóvenes de viaje, sospechosos

La peli, del recientemente fallecido Pedro Costa Músté, autor y director de las mejores muestras de cine sobre crímenes de este país, como fue "la huella del crimen", tuvo la honradez y decencia de contar la historia de aquella barbaridad. Quien sabe si, como antiguo periodista, Pedro Costa quería narrar escandalosos hechos como el del caso Almería o Redondela, una estafa a base de aceite en el tardofranquismo. Costa se especializó en cine que contaba crímenes quizá porque durante mucho tiempo fue redactor de el Caso, esa publicación que contaba crímenes de la España franquista que últimamente está de moda gracias a una serie de televisión.

El prota de la peli

El caso Almería, la película, es un largometraje de casi dos horas de duración que narra, durante la primera media hora, el viaje de tres jóvenes desde Santander a Almería para asistir a la comunión del hermano de uno de ellos.  Los tres jóvenes (Juan Echanove, Iñaki Miramón y Antonio Banderas) son detenidos por la guardia civil cuyo comandante está encarnado por Fernando Guillén que, durante los años 80 frecuentemente encarnaba al madero malvado, como en esta o en "la estanquiera de Vallecas".

Guillén y sus gafas, papel recurrente

Pero el verdadero protagonismo de la peli, quizá para dotarlo de una estructura narrativa sólida, lo soporta el brillante abogado de la acusación contra la guardia civil, que no es otro que Agustín González. El brillante abogado. ejerciendo de detective, irá juntando las piezas, aunque sea zancadilleado y amenazado en incontables ocasiones.

Durante la última media hora se asistirá al juicio del caso donde los flashbacks de las narraciones de los testigos nos retrotraerán a los hechos.



Esta es, sin duda, una película rodada con una honradez inusitada. Rodar una película de semejantes características en una España de la transición, dos años después del hecho y con todo el aparato del Estado proveniente del franquismo, donde el peso específico militar era tan importante, fue, desde luego difícil de conseguir. Quizá no sea una película incisiva que no narre más que superficialmente los hechos, pero es que rodar una historia tan bárbara en una época donde hasta documentales como "el Rocío" eran censurados y su director juzgado, eran todo un desafío.

Esta película aún se puede ver en youtube, y, como homenaje a ese director que se atrevió con esta de hoy o "las 13 rosas", y sobre todo, guionista de tantos relatos de crímenes como los de esa magnífica serie televisiva que fue "la huella del crimen", la tenéis en el enlace del principio de este párrafo.


Ficha técnica:

El caso Almería

España; drama;1983; Color; 110'

Director: Pedro Costa Musté

Guión: Manolo Marinero, Pedro Costa, Nereida Armau

Música: Ricardo Miralles

Fotografía: José Luis Alcaine

Equipo artístico:

Agustín González

Fernando Guillén

Iñaki Miramón

Juan Echanove

Antonio Banderas

Manuel Aleixande

Margarita Calahorra

Raúl Fraire

Pedro Díez del Corral


Por Juli Gan

viernes, 3 de junio de 2016

¿Quién puede matar a un niño?

Título ¿Quién puede matar a un niño? 
Año 1976
Duración 100 min.
País España
Director Narciso Ibáñez Serrador
Guión Narciso Ibáñez Serrador (Luis Peñafiel)
Novela Juan José Plans
Música Waldo de los Ríos
Fotografía José Luis Alcaine
Productora Penta Films

Reparto
Lewis Fiander, Prunella Ransome, Antonio Iranzo, Miguel Narros, María Luisa Arias, Marisa Porcel, María Druille, Lourdes de la Cámara, Roberto Nauta, Luis Ciges


Sinopsis
Tom y Evelyn son una pareja de turistas ingleses que viaja a una población costera española para disfrutar al fin de una tardía luna de miel. Sin embargo, cuando llegan, se quedan decepcionados: el lugar es demasiado bullicioso para pasar las tranquilas vacaciones que ellos habían planeado. Deciden entonces alquilar una barca para visitar una pequeña isla en la que Tom había estado cuando era más joven. Su sorpresa será mayúscula cuando descubran que los únicos habitantes de la isla son niños, unos niños que, animados por una misteriosa fuerza, se rebelan contra los adultos.



El realizador de cine y televisión, guionista, director teatral y actor Narciso Ibáñez Serrador, Chicho, siempre ha reconocido su admiración por el cine y las historias de terror inspirándose muy a menudo en el maestro Alfred Hitchcock. Pero ha sido un revolucionario de la televisión con series y programas como Un, dos, tres… responda otra vez, Historias de la frivolidad, Waku Waku, Hablemos de sexo o la gran Historias para no dormir.

Al cine se dedicó más durante sus primeros años de carrera, antes de quedarse definitivamente en el mundo de la televisión y aunque las películas que ha dirigido no son muchas, hay dos que destacan especialmente: La residencia (1969) y ¿Quién puede matar a un niño” (1976).

Además de pertenecer al mismo género -suspense/terror- ambas películas tienen muchos puntos en común: sus protagonistas son actores extranjeros, todo se desarrolla en un lugar aislado y solitario, la atmósfera es tensa y sobre todo claustrofóbica.

Chicho pretendía que ¿Pero quién puede matar a un niño? estuviera protagonizada por Anthony Hopkins (Psicosis, 1960) pero por compromisos del actor no pudo ser… Lástima porque creo que hubiera sido un gran acierto. A Chicho no le convenció del todo la interpretación del australiano Lewis Fiander como protagonista aunque sí la de la actriz Prunella Randsome. Personalmente ambos me han gustado.

Un punto muy importante es que, Chicho, guionista de la película bajo el pseudónimo de Luis Peñafiel, quería que la pareja protagonista (ambos extranjeros) hablaran entre ellos en inglés y que fuera él, que también hablaba español, el que le fuera traduciendo a su mujer las conversaciones con los lugareños haciendo así que ante los extraños sucesos que van ocurriendo y para proteger a su mujer, que además está embarazada, no le traduzca el total de las conversaciones, provocando más desconcierto aún en el personaje de ella. Sin embargo, durante la postproducción, los productores quisieron que ambos actores fueran doblados para evitar así utilizar molestos subtítulos. Esto hace que el desconcierto de ella ante los hechos se nos muestre como un poco extraño a los espectadores.

La película comienza con secuencias de documentales de diferentes guerras en las que los niños son las grandes víctimas, algo que aunque al principio se nos haga extraño en un punto fundamental para entender lo que se nos contará a continuación.

Estupenda la banda sonora de Waldo de los Ríos, en la que destaca un canción infantil que unas voces infantiles tararean y que logran intranquilizar e incomodar al espectador. Incluso en algunos momentos nos recuerda a las inconfundibles notas de Tiburón (1975).

Como nota curiosa, y a pesar de desarrollarse en una isla, la película fue rodada en Toledo, añadiendo posteriormente el sonido del mar y de gaviotas. Las escenas de costa se rodaron en Almuñécar, Menorca y Sitges. Además el propio Ibáñez Serrador tiene un pequeño cameo al principio de la película.


Por supuesto ¿Quién puede matar a un niño? fue estrenada con cortes en algunos países mientas que en otros estuvo totalmente prohibida.

A los cinéfilos nos vendrá a la cabeza películas como La semilla del diablo (1968) o El pueblo de los malditos (1960).

Recomiendo ¿Quién puede matar a un niño? y La residencia a todos los amantes del género y por su puesto las increíbles Historias para no dormir.

Y sin poder comentar nada más, sólo diré que me ha gustado mucho el final porque… ¿quién puede matar a un niño?






viernes, 27 de mayo de 2016

Balada triste de trompeta

Este artículo es un 'remake' de otro anteriormente publicado en Boquitas Pintadas.

Balada triste de trompeta. Dirección y guión: Álex de la Iglesia. Interpretación: Carlos Areces (Javier), Carolina Bang (Natalia), Antonio de la Torre (Sergio), Manuel Tallafé (Ramiro), Fernando Guillén Cuervo (capitán miliciano), Enrique Villén (Andrés), Santiago Segura (padre del payaso triste), Sancho Gracia (coronel Salcedo), Juan Luis Galiardo (Ring Master), Manuel Tejada (jefe de pista), Gracia Olayo (Sonsoles). Producción: Gerado Herrero y Mariela Besuievsky. Música: Roque Baños. Fotografía: Kiko de la Rica. Montaje: Alejandro Lázaro. Diseño de producción: Eduardo Hidalgo. Vestuario: Paco Delgado.
  
Hola. Os explicaré el film en seis puntos, porque le pega todo a esta peli un comentario disperso y descosido como ella misma:

1.- Los títulos de crédito
Con los iniciales ya me tenía atrapada Álex de la Iglesia. Bueno, es que a mí se me atrapa fácil: me mezclas unas secuencias de "Los payasos de la tele" con primeros planos en blanco y negro de señores de los años setenta y ya me tienes rendida. Extravagancias aparte, los títulos son un perfecto resumen de mi vida político-televisiva anterior a los quince años.
Y en los finales sale "La casa del reloj". No hace falta decir más. Bueno, sí, que Álex de la Iglesia y yo parece que tuvimos la misma infancia, que a veces creo que nadie se acuerda de "La casa del reloj" o de los tebeos de Pumby y resulta que sí, que se acuerda él. Se acuerda él y la Wikipedia, claro. ¡Dios la bendiga! ¿Se acordará también de "Jardilín"?

2.- El homenaje a Spielberg
Nada más empezar la peli, el enfrentamiento cuerpo a cuerpo entre tropas republicanas y nacionales nos trae sin remedio a la cabeza el desembarco de Normandía de "Salvar al soldado Ryan", con combatiente desmembrado y todo, para que no falte de ná.
Le tengo leído a De la Iglesia que es rendido admirador de Spielberg. Bueno, ¿y quién no?

3.- El homenaje a la tele
Aparte del de los títulos de crédito, el televisor está encendido en muchas escenas de Balada triste y lo que la tele cuenta corre paralelo a lo que narra el propio film, cuando no se encarga de acelerar la acción principal. Además, qué montones de actores ha rescatado De la Iglesia de la tele. Empezando por Luis Varela, que ya brilló en Crimen ferpecto, y siguiendo con el gran Fofito, Juana Cordero y otros sacados de Vaya semanita o El comisario.
También le tengo leído a De la Iglesia que él pudo conocer los clásicos del cine a través de la tele. Claro, como yo. Y cuando hablo de esto siempre añado que en el cine de mi barrio ponían pelis de Manolo Escobar, no "El acorazado Potemkim".

4.- El payaso tonto
Y, además de tonto, violento, chularras, tiránico, desequilibrado y un perfecto cabrón. De lo más terrorífico que he visto en el cine y a la par de algunos de los tipejos de "House of Cards". Es la mejor interpretación de la peli, con diferencia, a cargo de Antonio de la Torre, que tiene también las mejores líneas de diálogo.

5.- El guion sin tilde y descosido
A partir de cierto punto, el guion de "Balada triste" se descose, se dispersa, se desperdiga y se desparrama, lo cual es una pena, porque un poquito de contención habría mejorado la historia, que ya tiene suficiente delirio. Mira, en El día de la bestia esa contención, ese encauzamiento del que hablo, se consigue. Y en "Las brujas de Zugarramurdi", también.

6.- El homenaje a sí mismo
Acabar en las alturas, como en El día de la bestia y La comunidad, es un homenaje que se hace De la Iglesia a sí mismo, porque él lo vale, y a mí me parece bien. También he creído ver que el tutú ensangrentado de Carolina Bang homenajeaba al vestido de novia hecho jirones de Frédérique Feder en Acción mutante.
Y me sigue pareciendo bien. Cuando te homenajeas a ti mismo es que has llegado. Enhorabuena, Álex.

Noemí Pastor

viernes, 20 de mayo de 2016

El Olivo




El miércoles pasado,durante la fiesta del cine,vi la última película de Icíar Bollain: "El Olivo"(2016).
Interpretada por Anna Castillo,Javier Gutierrez y Pep Ambros,"El Olivo" cuenta con un guión de Paul Laverty,fotografía de Sergi Gallardo y música de Pascal Gaigne.


Al parecer,el guionista se inspiró en una historia real para darnos a conocer "El Olivo" y a Alma (Anna Castillo),una joven de 20 años que adora a su abuelo,el cual lleva años sin hablar. En el momento en el que el anciano se niega a comer,Alma se decide a recuperar el olivo milenario que la familia vendió sin su consentimiento.


Así comienza una busqueda casi quijotesca,para salvar a su abuelo, pero no lo hará sola,cuenta con el apoyo de su tío,que está atravesando una fuerte crisis matrimonial y económica y con su amigo Rafa,que está secretamente enamorado de ella.


El primer paso entonces será localizar al comprador del Olivo y a partir de ahí,lanzarse a la aventura de recuperarlo.

pero ¿cómo surge la idea de hacer esta película?
(transcribo de una entrevista a Icíar Bollain)

"Todo empezó hace unos años,cuando el guionista Paul Laverty vio una noticia en la contra de un periódico en la que se contaba la historia de uno de estos olivos milenarios. A Paul le llamó la atención primero que existieran estos árboles tan antiguos y segundo la idea de que algo que forma parte de nuestro patrimonio y que lleva cerca de 2000 años n un lugar de repente se convirtiese en mero objeto que ,por caprichos de la moda,se arrancaba y se vendía para ponerlo en jardines particulares o empresas internacionales. Era una idea estupenda para contar todo el expolio que se ha vivido en España con el boom inmobiliario"


Por ello, El Olivo,es un drama pero contiene un fuerte mensaje positivo. Tiene como trasfondo la crisis económica pero hay un MENSAJE DE ESPERANZA y se ensalza la importancia de LOS LAZOS NATURALES que se están perdiendo.

Es por ello, tal vez que esta historia aparentemente tan sencilla nos llega al alma a todos,porque vemos derrumbarse una sociedad que se desprende de sus rasgos de identidad,a cambio de un valor económico,empujada al desastre por una crisis que ha sido un verdadero saqueo para el ciudadano de a pie.

Todo lo importante,la raiz,la familia,los amigos,la tierra,está presente en el Olivo para recordarnos que el origen es nuestra razón de ser,que ahí fuera,vayas donde vayas,no eres nadie,si no eres provinciano,que nuestra cultura,sea la que sea,está plagada de símbolos,que están ligados profundamente a nuestras emociones y que hay cosas que evintemente no puede comprar el dinero.



Pero además,el Olivo es también un canto a la insubordinación,al inconformismo.
Ante un capitalismo en el que todo vale,todo se comercia y se mercantiliza,vemos el vacío y la desolación del abuelo, que se ha desconectado de un mundo que da la espalda a todo lo que en su día dío sentido a su vida. Por eso,el personaje de la nieta, Alma,es una heroína de las que no se rinde,con la espontaneidad y la improvisación propia de los veinte años,salta sin red a la causa de recuperar la memoria de su abuelo y se propone traer de vuelta ese olivo testigo mudo de todas sus vidas.



El Olivo es también una denuncia a cómo estamos tratando el medio ambiente y el paisaje en el que crecemos,que de algún modo,somos nosotros mismos.
Hemos enladrillado las costas,hemos vendido las tierras,hemos permitido que se especulara hasta límites insospechados, y ¿qué dejaremos a las generaciones venideras?¿qué va quedando del paisaje que nos vió crecer?


Esta crisis nos ha empujado a despojarnos de todo lo que somos,por sobrevivir,nos hemos visto obligados a vender lo que somos,a dejar en manos ajenas aquello que durante tantos años estuvimos cuidando,renuncia tras renuncia,cada vez va quedando menos de aquello que configuró el paisaje de nuestra infancia.

Quiero hacer una mención especial a Manuel Cucala,que interpreta al yayo (en valenciano, abuelo)porque este hombre al parecer no es actor,y nos deja un personaje tan veraz y tan honesto,que sólo de persarlo,me vuelve a llenar de emoción.


Me llega El Olivo, no sólo porque esté rodada en algunos pueblos de Castellón( ya sabeis lo que pasa cuando veis vuestra tierra o sus proximidades,como escenario en cualquier película),es Castellón,como podría ser cualquier otra parte de España, y es Manuel,como podría ser cualquier  abuelo nuestro,pero es que además Manuel Cucala en su vida real,al parecer tiene bastantes cosas en común con su personaje, es un hombre alegre y también tiene un olivo con el que mantiene un vínculo significativo. Todo en este personaje rezuma verdad.


Espero que el Olivo reciba todo el reconocimiento que merece en los próximos Goyas y quisiera destacar también el gran trabajo que nos deja Javier Gutierrez en el papel de Alcachofa y de Anna Castillo en el papel de Alma,porque es una joven auténtica,macarra y emotiva,sensible y tosca,pero con unos valores y unos ideales,que bien puede servir de referente para muchos otros jóvenes que vean la película.


Feliz fin de semana zinéfil@s

Troyana


viernes, 13 de mayo de 2016

"La carta" o las paradojas de la censura.



"La carta" (1940), de William Wyler, tiene uno de los más impactantes inicios del cine negro (quizás sólo igualado en intensidad por el de “Los sobornados" de Fritz Lang): bajo una esplendorosa luna llena, la cámara se mueve en un lento plano-secuencia que va mostrando imágenes nocturnas de una plantación de caucho... De repente, se oye un disparo y un hombre sale tambaleándose de un bungalow; detrás de él, una mujer, Bette Davis, dispara, una y otra vez, hasta vaciar el cargador de un revolver sobre el cuerpo ya sin vida del hombre.
La publicidad de la época decía que Bette Davis musitaba mientras disparaba "Mío o de nadie". Lo cierto es que esa frase no se oye realmente en la película, pero también es cierto que ese podría ser el más conciso resumen del drama pasional que relata esta película, la segunda, tras Jezabel (1938) y antes de La loba (1941), de las tres que Wyler y Davis hicieron juntos.

Quizás La carta no sea la mejor de esas tres películas, porque Jezabel, como "la otra" gran película del Sur (tras "Lo que el viento se llevó), y “La loba”, que contó con la ventaja de tener como operador a Gregg Toland (uno de los mejores directores de fotografía que han existido y el que enseñó a Orson Welles en “Ciudadano Kane” como iluminar una escena) son dos rivales demasiado fuertes; pero aun así es una magnífica película, vehículo perfecto para que Bette Davis pudiera interpretar magistralmente a uno de los personajes femeninos más perversos del cine negro.

“La carta” se basa en un relato del escritor británico William Somerset Maugham (publicado en 1924 en una colección de relatos titulada “The Casuarina Tree”). Aunque Maugham ya no es un autor de moda (y es una lástima) sigue siendo todavía un buen filón para excelentes adaptaciones cinematográficas, como demuestra el que en los últimos años “El misterio de la villa” (2000) de Philip Haas, “Conociendo a Julia” (2004) de Istvan Szabo y “El velo pintado” (2006) de John Curran, se hayan basado en sus obras.

La narración original, inspirada en unos hechos reales ocurridos en Malasia en 1911, dio lugar a una obra de teatro y a una primera versión cinematográfica que tuvieron ya mucho éxito. Se trata de un muy buen relato corto que cuenta, con el estilo elegante y preciso de Maugham, como la aparición de una carta muy comprometedora pone en entredicho la versión exculpatoria de la mujer de un plantador de caucho sobre los motivos que le habían llevado a matar a un hombre.

No es extraño que Wyler, capaz de realizar películas muy comerciales pero de gran calidad (“La carta tuvo siete candidaturas al Óscar, pero no se llevó ninguno porque tuvo la mala suerte de competir con “Rebeca”), supiera sacar tan buen partido de la historia de Maugham. Ciertamente, aunque siempre se destaca la pericia técnica de Wyler en la utilización de los planos-secuencia que reducen los cortes y aumentan el realismo de la acción, también destacó por su inteligencia en la elección de historias y de actores, ya que consideraba que éstos eran la verdadera alma de una película. Por eso fue tan buen director de actores y por eso consiguió formar con Bette Davis un gran equipo en las películas que rodaron juntos, aunque sus diferencias en “La loba” supondrían que ya no volviesen a colaborar.

Precisamente Bette había iniciado su camino de gran estrella, especializada en interpretar a mujeres de mucho carácter, con otra adaptación de una obra de Maugham, “Cautivo del Deseo” (1934), que protagonizó junto a Leslie Howard. Pero tras conseguir su primer Óscar en 1935 por "Peligrosa", la Davis, que derrochaba carácter también en la vida real, se enfrentó al Warner y llegó a exiliarse en Inglaterra. Pero tuvo que volver a Estados Unidos, muy endeudada, y seguir trabajando con la Warner, momento en el que inició su colaboración con Wyler (y gracias a Jezabel consiguió su segundo Óscar).

En “La carta”, una de las muchas grandes actuaciones de la Davis, ésta logró dotar al personaje de Leslie Crosbie, la aparentemente correctísima británica de edad media, clase media, y afición por el ganchillo, de una salvaje pasión enterrada bajo un frio manto de autodominio y convenciones sociales. Convenciones sociales que se manifiestan, por ejemplo, en la actuación de Leslie como perfecta anfitriona a pesar de que poco antes ha matado a un hombre.

El guion de la película, obra de Howard E. Koch, va mucho más allá del relato original, más realistamente cínico en su cáustico final, y desarrolla una historia en la que el crimen pasional inicial y el chantaje subsiguiente, se complementan con una justiciera venganza que no aparece en la historia de Maugham.

En realidad, como en todas las películas estadounidenses realizadas entre 1934 y 1967, el guion de “La carta” estuvo mediatizado por la censura que, en la forma del denominado Código Hays, controló la producción cinematográfica estadounidense durante aquellos años.

Porque la censura no fue, ni mucho menos, sólo "cosa española". En el caso de Estados Unidos, el Código Hays fue un sistema de autocensura que se dieron a sí mismas las grandes compañías cinematográficas con dos objetivos básicos: velar por la imagen del mundo cinematográfico que había sufrido un fuerte deterioro debido a los numerosos escándalos en los que habían estado implicados estrellas de cine (el más famoso el de “Fatty” Arbuckle, estrella del cine mudo acusado en 1921 de un escabroso asesinato) y acallar las voces de importantes sectores sociales que clamaban contra la franqueza con la que se afrontaban en el cine ciertos temas (sexuales, de corrupción política, etc.).

Inicialmente, para controlar las producciones cinematográficas, surgieron en Estados Unidos infinidad de consejos estatales y municipales. Pero esta situación derivaba en altísimos costes para las compañías cinematográficas que debían afrontar cortes del metraje ya producido o realizar varias versiones de la misma cinta para que cada una de ellas se adecuara a los requisitos del consejo censor de la localidad donde fuera a exhibirse.

Ante esta situación las grandes compañías cinematográficas se asociaron en 1922 en la MPPDA (Asociación de Productores y Distribuidores de Cine de América) y nombraron como su primer presidente a William Harrison Hays, un importante líder republicano. Hays pretendía encontrar una alternativa de autocensura que evitara el impacto económico de los cortes y las diferentes versiones y, tras diversos intentos fallidos, consiguió su objetivo gracias a la intervención de los sectores católicos.

En 1930, con el respaldo del cardenal Mundelein de Chicago, el jesuita Daniel Lord presentó a Hays un código, que fue aceptado con entusiasmo por Hays, tanto que dijo “Casi se me salen los ojos cuando lo leí. Esto era exactamente lo que estaba buscando.”

Las restricciones del Código eran tantas que no se cumplió realmente hasta 1934, cuando los grupos de presión católicos amenazaron con boicotear a los estudios que no lo acataran. El Código estuvo vigente hasta que en 1967 la MPPA adoptó el sistema de clasificación por edades.

Como siempre ha pasado con todo tipo de censura, los guionistas y directores con verdadero talento consiguieron crear grandes obras discurriendo por caminos paralelos a los impuestos por las prohibiciones.

En el caso concreto de "La carta", la censura propició la paradoja de que, para cumplir el requisito de que una adúltera y asesina como Leslie Crosbie no saliera indemne de sus crímenes (tal y como ocurría en el relato original), la película recurriera a sumar un nuevo crimen al asesinato inicial (a pesar de que el Código Hays también repudiaba la venganza) y que el chantaje meramente mercantilista del relato literario se convirtiese en una verdadera historia de amor de la concubina china (convertida en la película, en beneficio de la decencia, en legitima esposa) hacía su amante o marido.

Y aquí es de señalar la actuación de Gale Sondergaard, norteamericana de ascendencia danesa, como la hierática china, odiada rival de Leslie, que consigue con un solo cerrar de ojos ante el cadáver del esposo asesinado, mostrar el inmenso dolor que presagia y justifica su venganza.  Gale Sondergaard no hace sombra a Bette Davis; pero si está a su altura y el duelo entre los dos personajes que interpretan simboliza perfectamente el enfrentamiento entre culturas y razas.

Porque el telón de fondo de la historia es el choque de culturas entre los occidentales y orientales que conviven, sin mezclarse, en aquella Malasia en la que los colonizadores británicos se esforzaban en imponer sus costumbres ("Lástima que el caucho no se de en climas civilizados", dice en la película un camarero).


Y aunque "La carta" es, sin lugar a dudas, Bette Davis, también es cierto que el resto del reparto, además de la Sondergaard, es magnífico. Destaca especialmente James Stephenson que realiza una grandísima interpretación (que le valió una candidatura al Óscar al mejor actor de reparto) como Mr. Joyce, el abogado que, a diferencia del personaje del relato literario, tiene sospechas inmediatas sobre la veracidad de lo que cuenta Leslie Crosbie y que, a pesar de ello, con graves problemas de conciencia profesional, opta por ayudarla, empujado por la compasión hacía el amigo bueno, estúpido y engañado (el Mr. Crosbie muy bien interpretado por Herbert Marshall, que un año después volvería a ser el marido de Bette Davis en "La loba").

Mención aparte merece la banda sonora de Max Steiner, contrapunto perfecto de las escenas más dramáticas. El compositor vienes ha pasado a la historia del cine por poner música a más de trescientas películas, ser premiado con tres Óscar y por ser el primero (en “Lo que el viento se llevó”) en introducir en sus bandas sonoras "leitmotiv" (temas musicales dedicados a personajes o situaciones concretas).

En definitiva, “La carta” puede no ser la mejor película de Wyler, ni de Bette Davis, ni siquiera la mejor de las tres que hicieron juntos, pero es, sin duda, una de las grandes películas del género negro estadounidense en su período clásico.
 
Yolanda Noir