viernes, 28 de julio de 2017

LAS TARDES DEL MORATÍN

Futuro profesional
propuesto por mi abuelo
Cuando era pequeña mi abuelo quería que fuera cupletista. Parece que el hombre no estaba muy al corriente de las modas musicales, pero el caso es que me llevaba al monumento a Raquel Meller en el Paralelo y me ponía discos de Lilian de Celis para que fuera practicando. Nunca he tenido ocasión de lucir mi repertorio, pero todavía recuerdo letras como “aunque cien años llegara a vivir, yo no olvidaría las tardes del Ritz”. Yo, tardes del Ritz ni una, pero no puedo olvidar las maravillosas tardes del Moratín. Era un cine de Arte y Ensayo que estaba en la calle Muntaner de Barcelona. ¿En qué momento desaparecieron los cines de Arte y Ensayo? ¿A la vez que las películas S? En mi conocimiento del cine hay grandes lagunas, como veréis. El caso es que, en mi infancia, como casi toda mi generación, vi muchísimo cine. Todos los domingos en el colegio de mis hermanos ponían programa doble: una de vaqueros y una de romanos, habitualmente. Además, los jueves por la tarde mi abuelo me llevaba al cine Iris. Era un local muy completo que constaba de cine, baile y salón de lucha libre. Los carteles de la lucha libre me parecían impresionantes: “Guanche canario, el noqueador isleño”. A mí me daba igual la programación, me gustaba todo. Prefería que en las de vaqueros hubiera chica y mejor en color que en blanco y negro, pero vamos, sin ser tiquismiquis. Muchas veces me pregunto cómo se nos formó el gusto cinematográfico (y el literario, porque tenía el mismo criterio: todo vale). En los últimos años de la adolescencia comenzamos a ir a cineclubs. Ahí ya no siempre me gustaban las películas pero, cuanto menos las entendía, mejores eran según los que sabían del tema.
Le genou de Claire
Por más que callaba como una muerta en los coloquios, muchas veces me había aburrido como una seta durante la proyección. Y, por fin, apareció el cine Moratín con su fantástica programación. Mi amiga Reyes y yo íbamos muy a menudo y descubrimos muchas cosas: qué era el feminismo, que nos gustaban las películas francesas, que el cine en blanco y negro podía ser bonito…
Tengo un batiburrillo en la cabeza de las películas de aquellos años. Algunas son muy famosas y forman parte de los recuerdos de todos los de nuestra edad, por ejemplo, Alguien voló sobre el nido del cuco (no sé cómo mi amiga y yo nos hicimos enfermeras después de ver esa peli); otras son clásicas entre los amantes del cine francés como Le genou de Claire o Pauline a la plage. Pero hay películas que tengo la sensación de que solo las vimos Reyes y yo. ¿Alguien se acuerda de La femme de Jean? Leo en Filmaffinity que es una película de Yannick Bellon de 1974. No he visto nada más de ese director y, sin embargo, esa película me impactó mucho y me hizo pensar que el amor podía ser un asunto peligroso. Cuerno de cabra, una película que recuerdo dura y poética y que ahora me enteró de que era búlgara de un tal Metodi Andonov.  Una amiga nuestra, después de verla, hizo unos pañuelos con puntillas sobre la frente como los que llevaba las campesinas búlgaras de la película y nos los poníamos muy ufanas. Por suerte, no hay documentos gráficos de esos desmanes.  La dentellière de Claude Goretta, con una jovencísima Isabelle Huppert que nos fascinó. Providence, de Alain Resnais. Esa no la entendí muy bien, por lo que supuse que era buenísima. Además, cuando aparecía Dirk Bogarde en una película, a mí se me ponía mal cuerpo (creo que era consecuencia de Portero de noche) y creía que la angustia estaba relacionada con la calidad cinematográfica. ¿Y alguien ha oído hablar de Rosa jet´’aime? Era una película israelí de Moshé Mizrahi que contaba la historia de una chica que se quedaba viuda y debía casarse con su cuñado de 13 años porque así lo mandaba la costumbre o la religión. Hoy se consideraría corrupción de menores o algo y no se podría rodar. Otro recuerdo muy luminoso es Une chante, l’autre pas que ahora me he enterado que era de Agnès Varda, yo siempre había supuesto que de una mindundi que no había hecho nada más. O La Vallée, donde Barbet Schroeder nos descubría paraísos perdidos.
Viajes iniciáticos
Es curioso, de la mayoría de directores solo he visto una película y, aunque me gustara mucho, no intenté seguirles la pista y ver más. Solo seguí a Rohmer muchos años.
Primeras aproximaciones
al feminismo


No sé qué me parecerían todas esas películas hoy en día, prefiero no arriesgarme a verlas de nuevo. Quizás sean excelentes, quizás no, pero es imposible recuperar la ingenuidad con que las vi, el descubrimiento de tantas cosas que supusieron. Nos educamos como pudimos, pasamos de Marisol y Fray Escoba a películas de Bergman y Buñuel; de lo que nos decían las monjas que debía gustarnos a lo que nos decían los expertos. En ese mundo, el cine Moratín fue una pequeña parcela de libertad donde intentar desarrollar nuestro criterio y, por eso, siempre le estaré agradecida.
 Une chante, l'autre pas.
No recuerdo cuál de las dos quería ser

viernes, 14 de julio de 2017

El hombre que mató a Libery Valance, 1962. Una del oeste.

El hombre que mató a Liberty Valance es un western que refleja un oeste que va dejando de serlo. Una curiosa película del estilo acostumbrado de John Ford, con sus adorables borrachos y sus rudos vaqueros, comandados por uno de sus actores fetiches: el armario ropero John Wayne.

¡Juntos por primera vez, dos actores con personajes pegados a su piel!


El ferrocarril llega a Shinbone, una localidad del oeste norteamericano que se ha convertido en una ciudad. De él bajan el senador del estado, Ransom Stoddard (James Stewart) y su esposa (Vera Miles). Desde que se fueron, hace ya muchos años, la ciudad ha dejado de ser aquél lejano lugar en el que las gentes  vivían atemorizadas por el matón, a sueldo de los ganaderos, Liberty Valance (Lee Marvin) y su banda. Los Stoddard, que son los ilustres recién llegados, han venido a presentar los respetos a un fallecido que fue muy importante en su vida, Tom Doniphon. Requerido por el director del diario local, el Shinbone Star, fundado por el ilustre periodista Dalton Peabody, James Stewart nos hace un grandioso flashback contándonos cómo él, de joven y recién licenciado en derecho, llega a esta ciudad y es recibido con una paliza de los asaltantes de la diligencia: Liberty Valance y su banda.

Ford con los protas


Con el comienzo de la peli, y la cantidad de talco que llevan los actores para resaltar las canas, nos quieren hacer ver que ha pasado tanto tiempo que el nostálgico recuerdo del oeste nos indica que ya nada es como era y que la ley de las instituciones se ha impuesto a de los forajidos. Hasta el secundario de lujo, Woody Stroode, que “de joven” luce una bola de billar en todo lo alto, para avejentarlo, ha dejado crecer la nieve en su cogote.


Ha pasado tanto que la diligencia es una pieza de museo y el pelo de Jimmy está blanco. La diligencia y el oeste ya son cosa del pasado.


El flashback nos introduce en la historia fordiana que nos interesa en realidad: En el oeste de los pistoleros , los saloones y ese John Wayne moviéndose de lado con pesadez y torpeza. Jimmy Stewart hace de Jimmy Stewart, o lo que es lo mismo, ese buen chaval, recto y honrado. Un americano ejemplar, caballeroso y pulcro, defensor de los débiles y lleno de ese americano afán de luchar por conseguir aquello en lo que cree.

Wayne con su clásica pose perdonavidas y Stroode, de criadito


John Wayne, que va primero en los títulos de crédito, es el rudo ranchero, como siempre, feo, fuerte y formal, que tiene echado el ojo a Hallie, la camarera de la casa de comidas de Peter Erikson. La mira y se la remira y le dedica sus rudos galanteos, pero sin moñeces. Cada sábado que va al pueblo Wayne pasa a ver a su novia, la cual aún no sabe que lo es, acompañado de Pompey (Woody Stroode) el gigantazo negro, criado para todo, que no debe entrar a los locales, excepto por la puerta de atrás, no sea que los clientes se tengan que mezclar con un afroamericano. Pompey es servido como uno más en la casa de comidas, pero en la cocina, con el mozo lavaplatos, que resulta ser Jimmy Stewart.


Wayne luciendo arma junto a Ford y Stewart


Dalton Peabody (Edmond O'Brien) es el orgulloso y borracho periodista, director, fundador, impresor y mozo de la limpieza del único diario de la zona, el Shimbone Star. Como en muchas de las pelis de Ford, a la manera irlandesa, no se entiende la vida si no se riega con abundante alcohol. El señor Peabody se pasa el día pimplando de la botella, y durante todo el film exhibe su intoxicación etílica perenne junto a la del médico, papel menor, pero también bañado en whisky. Este es el humor de Ford. Hasta en las elecciones, que se celebran en el saloon, se hacen contínuos guiños a la dipsomanía ya que se cierra la barra mientras se vota y eso es un contínuo chiste para Peabody que asegura que la cerveza no es una bebida alcohólica, con tal de amorrarse al vaso.


Peabody, entusiasta periodista amante de los puros y la botella


Hallie (Vera Miles) es la eficiente camarera de la casa de comidas de los Erikson, unos inmigrantes suecos orgullosísimos de lucir norteamericanos. Todos los sábados a la hora de la cena los mozos de los ranchos de alrededor, después de ponerse tibios en el saloon o la cantina mexicana, llegan a comer a esta casa con hambre de lobos. 

Los Erikson y Pompey servido en la cocina, fuera, Hallie

Desafortunadamente el papel de Vera Miles, aunque lo desenvuelve con gracia, se limita a la chica que se enamora del pacífico y entusiasta idealista y no duda en pedir ayuda al rudo ranchero que se ve abatido al ver que su “novia” prefiere a otro que no es él, pero como es feo, fuerte y formal, lo encaja como puede, preferiblemente, sumergido en whisky.


Hallie se enamora del delicado abogaducho y no del recio y viril ranchero


Liberty Valance (Lee Marvin) es el malvadísimo forajido abusón que impone sus leyes, aunque sea a tiros. Siempre acompañado de los chicos de su banda, uno de ellos un joven y callado Lee van Cleef.

Marvin, a la derecha y Van Cleef, a la izquierda.


Valance es un orgulloso fanfarrón que se atreve con todos, excepto con Donophan (Wayne). Aunque se enfrentan alguna vez, Valance no osa seguir adelante contra Donophan porque calcula que, en cuanto a testosterona, puede que no le gane. Cosas de la virilidad mal entendida.


No insistas, yo la tengo más larga, amigo


Mención honrosa se merece el pusilánime sheriff Link Appleyard (Andy Devine) un orondo y cómico personaje poco amigo de trabajar y menos de enfrentarse a Liberty Valance. Devine ya había trabajado algunas otras veces con Ford, siempre sacando toda la comicidad del gordinflón de turno.

Personaje risible, comilón y pusilánime: El sheriff


Como esta peli es del año 62, descubrí, un buen día, viendo una copia íntegra de la peli, que en la escena de la escuela, porque el entusiasta Ransom Stoddard (Stewart), enseña a leer a todos los interesados en aprender, empezando por Hallie y acabando por Pompey, que la censura española nos había escamoteado un par de minutos en los que se ensalza, muy fordianamente, también, los valores de la República estadounidense y de la democracia, y claro, eso en una dictadura militar de corte fascistoide, como que no. 

La escuela donde se enseña a leer y los hermosos valores de la joven democracia yankee

De repente a Stewart le cambia la voz, que hasta ahora no es la de Jesús Puente en esta ocasión, sino la de ese otro actor de doblaje con la voz finita que rumia las eses de manera particular. Pero no importa, al poco llega el rudo Wayne moviéndose como una rémora para decirle a Pompey que deje de aprender gilipolleces, que leer no le sirve de nada, y que se vaya al rancho a acabar la habitación que se está construyendo para cuando Hallie se convierta en su esposa.
Frecuentemente hay bares y amantes bebedores en las pelis de Ford

Las historias que rodaba John Ford siempre parecían simples y ágiles, pero rascando un poco, en esta memorable cinta, podéis encontrar ricos matices de cada personaje. El romanticismo siempre desde una óptica muy escueta. El humor despreocupado e infantiloide. El amor por la bebida alcohólica. El personaje rudo pero caballeroso. El orgullo de pertenecer a los Estados Unidos...


La amenaza del malote


Ford, de pasada, en esta cinta, nos mete en un triángulo amoroso donde el personaje del rudo vaquero, caballeroso, se retira cuando ve que su novia, a la que no se ha declarado nunca, porque primero es tener la casa y luego la boda, se enamora del atildado caballerete lleno de ideales venido del este. Wayne se duele de este amor no correspondido, como los hombres, agarrado a una botella.


¡Duelo! ¡Duelo! No, si no le falta un perejil


La cinta destila nostalgia de un salvaje oeste que ya ha sido domesticado y que, a pesar de descubrirse la verdad de una historia, conviene que la leyenda siga siéndolo. Por cierto, es curioso que esta magnífica cinta "del oeste" esté basada en una novela escrita por una mujer llamada Dorothy Johnson.



¿Quién no ha querido nunca darle un sopapo al insufrible de John Wayne?

Si no habéis visto este estupendo film, os invito a que lo disfrutéis.




Ficha técnica:

El hombre que mató a Liberty Valance; The man who shot Liberty Valance.

EEUU, 1962, 123' B/N Drama, Western.

Dirección.......................................................John Ford

Guión.............................................................James Warner Bellah, Willis Goldbeck, basado en una novela de Dorothy M. Johnson.

Música............................................................Cyril Mockridge

Fotografía:......................................................William Clothier

Reparto:

Tom Donophan...............................................John Wayne

Ransom Stoddard...........................................James Stewart

Hallie Stoddard...............................................Vera Miles

Dalton Peabody.............................................. Redmond O'Brien

Liberty Valance................................................Lee Marvin

Link Appleyard.................................................Andy Devine

Peter Erikson...................................................John Qualen

Nora Erikson....................................................Jeanette Nolan

Pompey............................................................Woody Stroode





Juli Gan empuñando el Colt 45

viernes, 7 de julio de 2017

Marlene Dietrich por Franz Hessel

Franz Hessel: Marlene Dietrich
Berlín, 1931
Epílogo de Manfred Flügge, 1992
Traducción de Eva Scheuring, 2014
Edición de Errata Naturae 2014

Una rareza deliciosa
Es este un librito de cine raro y delicioso.
Es librito porque solo tiene sesenta páginas.

Es de cine porque habla de una estrella del celuloide europea e internacional.

Es raro porque su autor es un intelectual consagrado, de la élite, que cae rendido ante un fenómeno de la cultura popular. Como dice Manfred Flügge en el epílogo, “Hessel protege a Dietrich de la pedante arrogancia de sus colegas intelectuales”.

Es delicioso porque alberga una prosa ligera y poética y destila amor por el cine y por Berlín y devoción por la gran Marlene.

Sencillamente titulado Marlene Dietrich, está escrito en 1931, cuando Dietrich empezaba a convertirse en estrella en Hollywood y ya era muy conocida en Alemania, donde su canción Von Kopf bis Fuss auf Liebe eingellstelt (Estoy hecha para el amor de la cabeza a los pies) sonaba en todos los gramófonos. Pero Dietrich todavía era una persona, todavía no se había convertido en mito.

El artífice
Franz Hessel (1880-1941) fue un escritor y traductor alemán con una curiosa relación con el cine, ya que en 1913 se casó con HelenGrund, pintora berlinesa y periodista, tras haber mantenido una relación triangular con el periodista, marchante de arte y escritor Henri-Pierre Roché. Así, Hessel inspiró el personaje de Jules para la novela de Roché Jules et Jim, llevada al cine por François Truffaut en 1962. Flügge, el epiloguista de este libro, tiene escrito otro también sobre esta historia: se titula Gesprungene Liebe y se subtitula La verdadera historia de Jules y Jim.
Hessel fue uno de los más destacados intelectuales alemanes de la primera mitad del siglo XX, como poeta y narrador. Además fue traductor de Casanova, Stendhal, Balzac y Marcel Proust.
Su comprensión de París y de Berlín, así como de la mitología que ambas ciudades alimentaron, fue un dato fundamental para sus escritos y su vida. Algo de esto se plasma en este librito; de hecho, uno de sus pasajes más hermosos es aquel en el que Hessel declara su amor por Berlín, “la ciudad de los colores claros y sobrios durante el día, de los largos atardeceres, de las suaves auroras invernales y las largas tardes de verano”.

La mirada masculina

Comienza su libro Franz Hessel hablándonos de qué representa Marlene Dietrich para las alemanas y los alemanes; sobre todo para los alemanes y, más que nada, para él mismo.

En cuanto a las alemanas, solo les dedica un par de líneas para decir que “tanto las mujeres decentes como las frívolas se reencuentran con lo más profundo de su ser en la letra y en la música de esta canción”. Se refiere, claro, a la famosa cancioncilla de Marlene antes citada, Von Kopf bis Fuss auf Liebe eingellstelt (Estoy hecha para el amor de la cabeza a los pies), y no me puedo resistir a apuntar que para este eminente intelectual solo hay dos tipos de mujeres, las “decentes” y las “frívolas”, y que todas todas ellas están hechas para amar; para amar a los hombres, claro.

En cuanto a los alemanes, como antes se ha servido de una canción, Hessel se sirve ahora del título de una película de Dietrich, Die Frau, nach der man sich sehnt (La mujer que todos desean), para resumir el efecto que causa sobre ellos. Ella es, sin más, el objeto de deseo de todo hombre.

Continúa después Hessel describiendo a Dietrich desde su propia óptica, claro, y para ello echa mano de todo un catálogo de estereotipos femeninos que nos ofrecen muchas pistas sobre cómo ven los hombres a las mujeres; insisto: no sobre cómo son las mujeres, sino cómo quieren que sean con respecto a ellos. “Para cada hombre, la buena mujer tiene la cara que hace falta”, nos dice, para que salgamos de dudas.

Así nos dice que Dietrich no es una vampiresa ni una malévola. Para Hessel, “no tiene ninguna ambición demoníaca”; todo lo hace “de manera espontánea”, inocentemente.

Su sonrisa es “más divina” que la de sus rivales: Greta Garbo, “delicada y frágil”; ElisabethBergner, “virginal y solitaria”; o Asta Nielsen, “trágicamente fatal”. En ningún momento abandonamos, como veis, el terreno de los estereotipos.


Los primeros años de Dietrich, según Hessel

Este libro se escribió durante una época de vacaciones berlinesas de Dietrich; entre estancia en Hollywood y estancia en Hollywood. Hessel pudo entrevistarse con Dietrich en su casa de Berlín y charlar de su infancia. Al parecer, de niña, no soñaba con el espectáculo; se formó en música, estudió piano y violín, pero tuvo que abandonarlos por una tendinitis; así empezó en el teatro.

Se casó, tuvo una hija y se dedicó a ella durante dos años enteros. Tuvo su primer gran triunfo en un dúo cantado en una revista y luego llegó el éxito jamás sospechado con El ángel azul,  la primera película sonora importante de Alemania, basada en una novela de Heinrich Mann.

El ángel azul se anunció publicitariamente como “Emil Jannings en El ángel azul”. Es decir, la estrella entonces era el protagonista masculino, hoy un desconocido para el gran público, eclipsado por la irrupción de Dietrich. Según Hessel, Dietrich en este filme es la “bona meretrix, la buena amante maternal, que se entrega sin mirar a quién, para satisfacer los deseos de goce de todos”. En fin.

Ya antes del rodaje de El ángel azul Dietrich había entablado negociaciones con Josef von Sternberg para trabajar en la Paramount.  Ella lo siguió a Hollywood y allí interpretó dos películas: Marruecos y Fatalidad.

En Fatalidad es una espía que termina en el patíbulo, como corresponde a las mujeres malas. Algún día haré una lista de las protagonistas que acaban muertas o tan mal que preferirían morir; ya veréis, son unas cuantas.

Marruecos la convirtió en estrella en América. En esta peli, según Hessel, vemos “la transición feliz de la curiosidad sensual y los deseos combativos hacia la entusiasmada sumisión total. Una mujer fuerte se resiste al omnipotente e invencible Eros y se vuelve débil.”


¿Qué pasa después?

Este libro, como os digo, se detiene en 1931. No dice nada, por tanto, de todo lo que sucedió después. No dice nada de la película The Song of Songs (1933), de Rouben Mamoulian, ni de Desire (1936) de Franz Borzage, ni Arizona (1939), con James Stewart; tampoco de la grabación de Lili Marleen ni de sus trabajos con Hitchcook, Fritz Lang, Billy Wilder, Orson Welles o Stanley Kramer.Tampoco habla del trabajo de Dietrich como cantante, en teatro y cabaret, ni de su estelar retiro crepuscular en París.

Para todo eso, tendremos que leer otros libros.



Noemí Pastor

viernes, 30 de junio de 2017

NEVER COMPLAIN, NEVER EXPLAIN


Katharine Hepburn, mirada sabia y decidida, protagonizando una adaptación teatral de Jane Eyre. 
Naciste en el seno de una familia aristocrática, cuyos antepasados llegaron a Estados Unidos en el Mayflower desde la vieja Inglaterra.

La segunda de seis hermanos,criada por unos padres liberales donde el activismo feminista formó parte de tu "afortunada educación".

Un hecho desgraciado ocurrido durante tu preadolescencia transformó tu carácter, haciéndote tímida y desconfiada del mundo. Lo observabas con ojos desbordados de vida interior desde tu esquinado dolor. Pero, como solo lo consiguen las grandes, sobreviviste a estos obstáculos derramando fortaleza decidiendo no pasar por la vida de puntillas, sino decidida y enfilada .

Desde niña me sedujo tu mirada limpia y segura, tu forma decidida de caminar propia de una raza apanterada, con tus desafiantes pantalones abrazados a una cintura de avispa, que te encargaste de adoptar como pieza clave e identificativa.

Te convertiste en símbolo de un feminismo atípico difícil de encasillar, dueña de ti misma, defensora a ultranza de tu vida privada, exclusiva y muy selectiva con tus relaciones, una verdadera ronin, pero al mismo tiempo hiciste chirriar ciertos engranajes mentales cuando tomaste la decisión de entregarte por completo y sin remedio a un amor imposible. Pero, como tú  misma afirmaste: «Si le hubiese dejado, los dos habríamos sido desgraciados».


«Señor Tracy, no es usted tan alto como esperaba»,  le espetó Kate nada más conocerse, con una mano izquierda más bien larga.
Te anclaste en cuerpo y alma a Spencer Tracy, de personalidad complicada, parco en palabras, seco, pero quien te comprendió mejor que nadie y respetó tu nada corriente forma de ser. Completamente rendidos y alejados de convencionalismos sociales, fuisteis apoyo mutuo, dos bichos de compleja rareza en permanente peligro de extinción.

Lucías con naturalidad tus rasgos hermosos, sin apenas maquillaje, de mirada cautivadora, fascinante, displicente con lo establecido por el viejo Hollywood, libre para moverte por voluntad propia, prescindiendo de anclajes. No te arredraste ante los magnates de Hollywood, aunque tuvieras a veces que dorarles la píldora para mantener tu ambivalente feminidad, porque eras tan gran artista como astuta y peleona mujer de negocios. Como dijo tu principal biógrafo A. Scott Berg, si alguna vez te rebajabas era para conquistar mejor.




                                              



Te llamaron Kate “la arrogante”, hasta que tu egoísmo tan delatado y declarado casi con orgullo por ti misma, se vio tumbado por el verdadero amor y comprendiste, afirmaste que en esta vida «es más importante amar que ser amada».

Ganaste cuatro oscars y fuiste de las pocas actrices que se atrevió a desafiar, con tu eterno peinado y mirada penetrante, (casi de niña rebelde), el reflejo de la edad en los espejos.



Querida Kate, creadora de dentro hacia fuera, instintiva, espontánea, versátil, veloz para sincronizar palabra y gesto hasta el punto que quienes te daban la réplica te seguían casi sin latido, se entregaban, daban lo mejor de sí mismos frente a ti; porque, querida Kate, eres de esas mujeres que aumentan la talla del contrario, frente a ti no queda más alternativa que crecer o desaparecer.



          



Cuando te enfrentabas al público en el teatro, hacías de tu interpretación un acto natural y sencillo, aunque se tratara de algo sencillamente complicado, como Shakespeare o Tennessee Williams. Adaptabas tu genio al genio de los autores y sus personajes.

Hubo quien vio contradicciones en ti, y especialmente no entendían como una persona tan libre podía ovillarse como una niña a los pies de Tracy. Pero vuestras miradas estaban a la misma altura. Vuestros ojos fueron siempre cómplices y complementarios. Entendiste que no tenías que dar explicaciones de tu vida, y así fue.

A tus 74 años, fue un regalo inesperado verte En el estanque dorado junto con el maravilloso Henry Fonda, combinando unas interpretaciones que rozan  la perfección. Un viaje delicado y precioso hacia las más profundas entrañas de la madurez, el viaje que todos haremos irremediablemente, con mayores o menores fortuna y pericia. Tu último gran trabajo.


En el estanque dorado es una película dirigida por Mark Rydell con Henry Fonda y Katharine Hepburn,
 Año: 1981.

Más de veinte años después, el 29 de junio de 2003, nos abandonaste. Nos dejó la “primera dama”, nuestra Jo en Mujercitas, Eva Loveace en Gloria de un día, Susan Vance en La Fiera de mi niña, María Estuardo en María de Escocia, Tess Harding en La mujer del año, Amanda en La costilla de Adán, Rose Sayer en La reina de África, la apasionada Jane en Locuras de verano, Leonor de Aquitania en El león en invierno, Ethel en En el estanque dorado... y tantas otras que habitarán siempre en un lugar privilegiado de la historia del cine escrito con mayúscula.

No diste explicaciones de nada y a nadie, como tampoco te quejaste de nada. Única responsable de tu vida y de tus sueños, te llevaste todo cuanto pudiste, desechaste cuanto te molestaba. Never complain, never explain: no sé si fue tuya la frase, pero en todo caso fue tu lema, tanto de tu vida como de tu obra, no juzgar a las personas más que por sus actos. Algo tan atípico en nuestros días, que no puede sino dejarnos fascinadas cada vez que tu imagen en movimiento y tu voz se cruzan en nuestras pantallas.





                      Dedicado a l@s Zinéfilaz que adoramos a la Hepburn.

                                            
                                                                      Mª Ángeles Lorente
                                   
                                                                           

sábado, 24 de junio de 2017

EL BAR




Tenía verdadera expectación por ver lo último de Alex de la Iglesia y "El Bar" como intuía,no me decepcionó.
He de decir que a diferencia de otras películas suyas,aquí los títulos de crédito no me impactaron,pero eso sí, el arranque sigue dejando el listón muy alto.
Voy a exponer aquí los principales puntos fuertes por los que "El Bar"me parece recomendable:


- Primero,la acción con de la Iglesia,las dosis de esperpento y violencia,están garantizadas...l@s adict@s a la adrenalina,tienen aquí sus momentos de acción y tensión.....la diversión,además,va de la mano de este ritmo a veces frenético y siempre,rápido.



- La crítica a nivel micro de una sociedad,la nuestra,egoísta,que se mueve por intereses individuales,el pez grande que se come al chico,una sociedad además,patriarcal,deshumanizada,mezquina,donde impera la fuerza bruta y donde quien tiene el poder es incapaz de ejercerlo de forma democrática y tiende irremediablemente al despotismo,a la forzosa sumisión de los más débiles.


- Terele Pávez,gracias Terele por no jubilarte,por seguir ofreciéndonos papeles como el de Amparo,la que regenta el bar,y es a la par protectora a la par cobarde y mezquina si el miedo se apodera de ella,como tod@s en realidad,porque el miedo tiene a aflorar la persona que en realidad somos....


- Carmen Machí, por ser tan buena actriz,capaz de transmitir con la mirada todos los registros emocionales habidos y por haber......


. y sí.....el Bar es un ejercicio claustrofóbico y también sociológico,con personajes que luchan por sobrevivir y no dudan en arremeter unos contra otros a fin de salvarse a costa de competir.


. Blanca Suarez es otro de los motivos por los que ver el bar,porque la fuerza y el convencimiento que da a su personaje marca a mi modo de ver un antes y un después es su corta pero  imparable carrera.
Su personaje de Elena,es posible el que más evoluciona a lo largo de toda la trama,y nos deja momentos inolvidables en el tramo final.......es su recorrido de la aparente pijería y superficialidad hasta adquirir rasgos casi de heroína,es de los más interesantes que se dibujan en la película......


.No voy a desvelar el desenlace pero diré que el final me parece perfecto,visualmente efectivo,simbólico y de esos que se quedan para siempre clavados en tu retina.

Mi enhorabuena porque de verdad que este BAR  no será una obra maestra pero desde luego conserva todos los rasgos de identidad de DE LA IGLESIA,y sus seguidores,como es mi caso,no saldrán decepcionados,eso sí, no espereis ni moderación ni minimalismo,aquí como viene siendo habitual cuño en la casa,en su cine triunfa el EXCESO,LA IRONÍA,EL HUMOR NEGRO Y LO GROTESCO,no importa si se roza lo sucio incluso el gore,así es el cine de ALEX DE LA IGLESIA, y así queremos que siga siendo,irreverente y crítico.que ustedes lo gocen bien.....

Buen fin de semana zinéfil@s, aprovecho para desde aquí volver a dar mi cálida bienvenida a las recientes incorporaciones  de Zinéfilas.Un abrazo a todas y otro bien fuerte a cada un@ de nuestr@s seguidor@s.


TROYANA.




viernes, 16 de junio de 2017

No puedo crear tu alma: 4 casos de Pigmalión

La historia de Pigmalión y Galatea es un relato clásico en la que un escultor se enamora de la obra que ha creado. El artista había rechazado casarse como hacían otros hombres y se consagró a su talento, hasta que al final se enamoró de una de sus bellas figuras femeninas, Galatea. Afrodita, conmovida, la hizo de carne y hueso, y así ambos quedaron juntos. De ese modo, Pigmalión cumple una fantasía típica masculina: hallar a una bella mujer, que además, ha sido creada por y para él.

(*)

En el cine, hemos encontrado esta historia muchísimas veces: Venus era mujer-A Touch of Venus (con una divina Ava Gardner), Maniquí-Mannequin (un remake muy ochentero con un Spader gominoso y snob) o La Mujer Explosiva-Weird Science (donde se muestran los 'daños' de mezclar las hormonas adolescentes y la informática de los 80).


¿Pero qué sería sólo de esta historia si no hubiera un poquito de subversión? La verdad es que un premio al deseo masculino... Así que es muy interesante movernos de esta fantasía y crear algo diferente a lo esperado... Siguiendo esta idea, el dramaturgo George Bernard Shaw realizó una adaptación de la obra de Ovidio para el teatro en 1913. En ella, Galatea se convierte en una vendedora de flores del londinense Covent Garden, Eliza Doolittle, y Pigmalión en Henry Higgins, un profesor de fonética.


La casualidad y un malentendido, unen a la inocente joven de los barrios bajos con el profesor solitario y gruñón. Ella decide tener una educación para evolucionar y él, pese a las quejas iniciales, la acoge a modo de experimento. Como no es de extrañar, ambos acaban influyendo en el otro, y Higgins, la considera una propiedad, una estatua que él ha esculpido. Ciego a los sentimientos de ella, a su alma e inteligencia, acaba por alejarla, hasta darse cuenta de lo que la necesita.


Así, Shaw pone un fondo feminista en esta historia, además de otros elementos que critican la sociedad de su época. La Galatea de su obra, no es un premio, es un ser humano, lleno de sentimientos y pensamientos, que debe ser conquistado, de igual a igual, no ser tratado como un regalo. Ella evoluciona al ser que debería haber sido en circunstancias diferentes de haber nacido en otro lugar, y su cambio no es sólo externo, es también interno, algo que deja fuera de juego a nuestro "Pigmalión", que ve a un igual finalmente, pero que le cuesta reconocerlo, porque sus sentimientos están implicados y por su creencia en la "superioridad" masculina.

 

El cine acabó por rendirse a esta historia en 1938, en una adaptación homónima, cuyo guión (del propio Shaw) ganó un Óscar, aunque el escritor lo despreciara. El sex-symbol de la época, Leslie Howard, interpretaría al profesor y la encantadora Wendy Hiller, actriz favorita del propio Shaw, a Eliza. Este film es una auténtica gozada que yo recomiendo como la más cercana a la obra de teatro, y llena de geniales interpretaciones por parte de los protagonistas y secundarios. Las emociones de Hiller y Howard van 'in crescendo', y se entiende la desesperación y enamoramiento de ambos personajes según se avanza hacia el final. Para mí, ambos superan en sus roles a intérpretes posteriores, y la película es mucho mejor que la hiperconocida My Fair Lady.


Así, hablemos de "Mi Bella Dama". La obra de Shaw se convirtió en un musical clásico y respetado, de Alan Jay Lerner y Frederick Loewe, que sería llevado al cine por George Cuckor. Rex Harrison, que había triunfado en la obra musical en los escenarios, volvería a repetir el papel de profesor refunfuñón, pero su compañera en el teatro, Julie Andrews, debería ceder el puesto a la angelical Audrey Hepburn, que aunque acabó no cantando, era una reconocida estrella del momento (no como Andrews). Cualquiera que haya visto la película, que es una maravilla para los oídos y los ojos, sabe que disfrutar de algo así es conocer lo que es el cine, aunque también es cierto, que la diferencia de edad entre ambos actores resulta demasiado evidente (tanto como para preguntarse por qué Eliza no escoge de verdad a Freddy, interpretado por Jeremy Brett).... Why Can't The English, I Could Have Danced All Night, Just You Wait, On the Street Where You Live, The Rain in Spain, Without You, o I've Grown Accustomed to Her Face, son parte de las Bandas Sonoras de nuestra vida.


A continuación, hablaré de dos películas que son más bien unas versiones alternativas a este Pigmalión de Bernard Shaw: Morena Clara y Ruby Sparks.

¿En serio que Morena Clara? ¿La de Lola Flores? Pues debo decir que sí, que aunque haya una versión anterior con Imperio Argentina, y se diga que adapta a la obra es de Antonio Quintero y Pascual Guillén, hay claros ecos a la obra de Shaw. Esta Morena Clara se hizo a la medida de "La Faraona", y en ella, Lola Flores era la protagonista, que se enfrenta junto a su tío "Regalito" (el genial Miguel Ligero) a una condena por robo de jamones. El fiscal más recto de Sevilla, interpretado con gracia por Fernando Fernán Gómez, la acusa a ella y a su etnia del origen de sus crímenes, por lo que tras un gran discurso en el juicio, se ve obligado a acoger a Morena Clara y a su tío, para demostrar si la educación cambia a las personas. Así, ambos personajes, se ven influenciados el uno por el otro, y aunque parezcan pertenecer a mundos diferentes, acaban evolucionando y enamorándose (ante los atentos ojos de los fantasmas de sus antepasados, que fueron los que iniciaron el altercado entre la estirpe de Morena y la del fiscal). Y es que no hay una "despedida" de Eliza mejor, que la de la protagonista de esta película.


Siguiendo en el lado de la fantasía, en 2012, se estrena Ruby Sparks, escrita y protagonizada por Zoe Kazan (sí, de los Kazan de Elia Kazan) y su pareja en la vida real, Paul Dano. Aquí, Dano es Calvin, un joven escritor estrella con bloqueo creativo...hasta que empieza a soñar con Ruby, una "Manic Pixie Dream Girl"...todo lo cual resulta normal, hasta que la chica aparece en carne y hueso en su cocina. La vida de ella se basa en lo escrito por él, de forma literal. El protagonista, tomando aún un mayor control sobre su "novia", se da cuenta de que todo lo que escribe en su máquina de escribir, es una realidad en la chica, lo cual al principio supone la mejor fantasía masculina que se pueda crear (es una auténtica Galatea, esculpida con sus pensamientos), pero después con la interacción real, acaba siendo una Eliza que quiere tener su propia vida y sus propios pensamientos, para el horror de Calvin. Solucionar tal fantasía y realidad implicará un problema para el protagonista, porque hay que tener cuidado con lo que se desea.



Así que aquí tenéis los cuatro ejemplos de algunas de las Elizas y Henrys que podéis encontrar en la gran pantalla, y que espero que sean de vuestro agrado...las fantasías son hermosas cuando se hacen realidad, pero las personas son más profundas que un sueño efímero.

Carmen

NOTA: en una variación más amplia de este mito, podríamos poner la evolución social que viven los protagonistas de los siguientes films: Educando a Rita-Teaching Rita (con el personaje de Julie Walters deseando educación), Entre Pillos Anda el Juego-Trading Places (con Murphy como el pobre carterista evolucionado y con modales), Pretty Woman (con Roberts, como la prostituta de gran corazón) o Kingsman ("los modales hacen al hombre" o a Eggsy, en este caso, y que cita a algunas de las películas de este artículo).


(*): la pintura es de Jean Léon-Gèrôme, por si tenéis la duda.

PD: "autobombo" - En nuesta página "El Sitio de Jane" celebramos, junto con la Biblioteca de Arroyo de la Miel en Málaga, un evento para conmemorar los 200 años de la muerte de la escritora Jane Austen: "Bajo el Sol de Austen". Si puedes estar en Málaga el 22/07, ¡acercate! además de charlas, picnic y teatro, pondremos Love & Friendship de Whit Stillman :)

viernes, 9 de junio de 2017

Encadenados

Hay algo más importante que la lógica: es la imaginación" 

(Alfred Hitchcock)



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Esa fue la máxima que guió a Alfred Hitchcock en todas sus películas. En todas utilizó grandes dosis de imaginación para presentar sus historias de la forma que más tensión (suspense) pudiera causar a su público; con razón se le conoció como "El mago del suspense".

“Encadenados” (“Notorius”, es el título original), de 1946, fue uno de los grandes éxitos de Alfred Hitchcock, tanto de crítica como de público (costó dos millones de dólares y dejó ocho de beneficio).

Las claves del éxito de una de las mejores películas de Hitchcock (indudablemente, una de las mejores de las que rodó en blanco y negro) fueron: dos estrellas consagradas, Ingrid Bergman y Cary Grant, como la más atractiva y compenetrada de las parejas protagonistas; unos secundarios de lujos, Claude Rains y Leopodine Konstantin, como perfectos malvados; y un “Mac Guffin” impecable…

Hitchcock se formó en el cine mudo británico, donde comenzó su carrera en 1922. En 1929 dirigió la primera película hablada del cine británico, “La muchacha de Londres”, y en la década siguiente se consagró como el director más popular del cine británico. Desde el inicio de su carrera destacó por su capacidad narrativa, su forma de entender el suspense mediante la complicidad con los espectadores y por la gran fuerza visual de sus películas (se atenía al principio de que “Si una película es buena, el sonido podría irse y la audiencia todavía tendría una idea perfectamente clara de lo que pasa”).

No le importaban la motivación ni el contenido, sólo el resultado final. Tampoco le interesaban los ensayos previos, porque cuando empezaba la película ya tenía sobre el papel como iba a ser cada plano (decía que lo contrario era como si un músico compusiera la música ante la orquesta). Trabajaba tan en conexión con los guionistas y con los los directores artísticos que convertía los guiones en una especie de cómic de lo que finalmente serían las películas.

En 1939, David O. Selznick, el mítico productor estadounidense, lo reclutó para Hollywood, y Hitchcock inició su etapa americana con un éxito clamoroso, “Rebeca” (1940), la única de sus obras que consiguió ganar un Oscar a la mejor película.

“Enviado especial” (1940), “Matrimonio original” (1941), “Sospecha” (1941), “La sombra de una duda” (1943), “Náufragos” (1944), “Recuerda” (1945)… la carrera de Hitchcock pronto se afianzó en Estados Unidos.

A partir de 1943 empezó a trabajar en una historia que le había proporcionado Selznick, un relato corto y anticuado, “La canción de las llamas”, sobre una joven actriz que, a solicitud del gobierno, se acuesta con un espía para sonsacarle información.

A principios de 1945, partiendo de ese embrión, Hitchcock tenía ya las bases del guión para una película interpretada por Ingrid Bergman, la gran estrella con la que acababa de lograr un importante éxito en “Recuerda”, y Cary Grant, con el que ya había rodado “Sospecha”.

Sin embargo, el inicio del rodaje se fue retrasando porque Selznick estaba inmerso en la producción de “Duelo al sol”, la película con la que pretendía lograr dos objetivos primordiales para él: revivir el inmenso éxito de “Lo que el viento se llevó” y convertir en gran estrella a su amante, Jennifer Jones.

A Hitchcock la demora no le importó; le permitía seguir perfeccionando el guión junto a Ben Hecht, el guionista, mientras cobraba un sueldo considerable. Finalmente, Selzink, que no quería distraerse de “Duelo al sol”, vendió la película (todo el paquete: director, actores, guión…) a la RKO. Si Hitchcock, que había mantenido discrepancias con el muy controlador Selznick durante el rodaje de “Recuerda”, pensó que así se iba a librar de las continuas injerencias del productor, se equivocó: Selznick impuso su criterio en diversos aspectos: en dar mayor importancia al papel de su amigo Grant, en que la película tuviera un final feliz, aumentar también la relevancia de la suegra dominante...

En realidad, la película, una historia de amor, sexo y espionaje, parte de planteamientos sencillos: un triángulo amoroso (con el aditivo de la suegra envenenadora) y tres elementos esenciales de suspense: unas botellas que esconden uranio, la llave de la bodega donde se guardan y una taza de café.

Y aquí es donde entra en juego el “Mac Guffin”, que es el nombre escocés que Hitchcock utilizaba para designar al pretexto argumental que permite avanzar a la trama y que, como le explicó a Franćois Truffaut en las entrevistas que dieron lugar al libro “El cine según Hitchcock” (publicado en 1966), es algo que “debe ser de una gran importancia para los personajes de la película, pero nada importante para mí, el narrador”.

El “Mac Guffin”de “Encadenados” es ese uranio escondido en unas botellas. Un simple pretexto para crear el suspense que sustente la trama; ¿quién ha visto la película y no se ha sentido angustiado mientras Grant busca entre las botellas sin advertir, al contrario que el espectador, que una de ellas va a caer al suelo? Pues eso… un pretexto. Porque lo qué ese grupito de nazis pudiera hacer en Brasil con unos gramos de uranio queda absolutamente ignorado, tanto por Hitchcock como por el espectador.

Sí es interesante señalar que Hitchcock eligió su “Mac Guffin-uranio” un año antes de Hiroshima y las preguntas que hizo a un científico sobre el asunto le pusieron en el punto de mira del FBI durante un tiempo.

Ingrid Bergman está perfecta en el papel de Alicia Huberman, la joven de vida licenciosa reclutada por un agente del FBI (Grant) para seducir nuevamente a un antiguo enamorado (Claude Rains como Alex Sebastian). Esta película fue uno más de los grandes éxitos que la Bergam obtuvo en la década de los 40 (“El extraño caso del doctor Jekyll”, “Casablanca”, “Por quién doblan las campanas”, “Luz que agoniza”, con la que consiguió el Oscar a la mejor actriz, “Recuerda”, “Las campanas de Sta. María”...). En varios de ellos encarnó a mujeres en situaciones límite, al igual que en “Encadenados”, lo que le permitía lucir sus grandes dotes interpretativas con todo tipo de emociones: miedo, angustia, amor...

Era la gran estrella femenina del momento y tenía a Hollywood a sus pies cuando, hastiada de los cauces previsibles por los que discurría su carrera, decidió, después de rodar su tercera y última obra con Hitchcock ("atormentada", 1949),  tomar un nuevo camino profesional que tendría insospechadas repercusiones personales. Pero eso ya es otra historia.

A Grant, “Encadenados” le consiguió lo que llevaba tiempo buscando y ya había rozado con “Sospecha”, su anterior trabajo con Hitchcock: liberarse del encasillamiento como actor de comedias ligeras. Su trabajo en “Encadenados” es excelente: de una manera sobria y realista interpreta un hombre dividido entre el deber y el amor. En realidad, su personaje, T.R. Devlin, tiene una evidente parte oscura (el cinismo con que empuja a Alicia Huberman a los brazos de Sebastian para luego espetarle: "Un hombre no le dice a una mujer lo que ha de hacer, lo decide ella”), que según Marc Eliot, en su estupenda biografía del Grant, también estaba presente en la misma personalidad del actor y que Hitchcock aprovecho hábilmente en la película.

A Claude Rains, “Encadenados” le supuso una nueva nominación al Oscar como mejor actor secundario (premio que ya había obtenido por su papel en “Casablanca”). El triunfo de “Encadenados” se debe, en gran medida, a la grandeza de su actuación. Es uno de los mejores malvados de toda la filmografía de Hitchcock, que era muy consciente de que sus películas dependían en gran medida de elegir bien al actor que interpretaba ese tipo de papel.


Solterón, inmerso en una relación edípica con su madre (y hay que señalar que la Konstantin, realmente, sólo tenía cuatro años más que Rains), el personaje de Alex Sebastian, desesperadamente enamorado de la joven y hermosa Alicia, se gana incluso las simpatías del espectador, a pesar de que, finalmente, el miedo y, sobre todo, el despecho le conviertan, de la mano de su madre, en un envenenador.

La gran diferencia de estatura entre Rains y Bergman favorecía esa sensación de amor no correspondido de Sebastian a Alicia; aunque, como Hitchcock le explicó a Truffaut, esa desigualdad supuso también un reto técnico: para mantener a los dos actores en el encuadre, era necesario que Rains se subiera, en los planos cortos, en unas calzas, y, en los planos panorámicos, tuvieron que recurrir a un falso suelo para disminuir la gran diferencia de estatura entre Bergman y Rains.

“Encadenados” nos ha dejado, gracias también a la gran pericia de Ted Tetzlaff, el director de fotografía, algunas de las escenas míticas de la historia del cine: la cámara bajando desde las arañas del techo hasta la llave escondida en la mano de Alicia; Sebastian besando la mano en la que Alicia oculta la llave; la enloquecida carrera en coche de Grant y Bergman (en las cuatro películas que Grant hizo bajo las órdenes de Alfred Hitchcok hay un viaje en coche semejante)… Y un larguísimo e intermitente beso que logró de esta manera, con las pequeñas interrupciones, burlar al Código Hayes.

Sí, “Encadenados” puede no ser la mejor película de Hitchcock , pero sigue siendo, en su elegante sencillez, una maravillosa película. No sobra ni un fotograma; todo está perfectamente ajustado para conducir al espectador allá donde Hitchcock pretende. Toda la historia está centrada en lo que se ve en la pantalla, porque el resto no le importa.

Es una de las películas más hermosas y sobresalientes en la prolífica y deslumbrante carrera de un director que gozó siempre del favor del público y al que, desde los años sesenta, gracias fundamentalmente a los críticos franceses de “Cahiers de cinéma” (con especial mención a Chabrol, Rohmer y, sobre todo, a Truffaut), se le comenzó a reconocer como un gran creador. En definitiva, como uno de los más grandes cineastas que ha habido.

Yolanda Noir